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Mauricio Runno [ narrativa ]
 
El aire se parte con el suelo
 
 
No trabajo en perforaciones petroleras, no reviso características del suelo, no anuncio movimientos sísmicos.
 
Estoy convencido de mi hecho: soportar el paisaje y colorear la aridez, simulacros de utopía, lo único posible para negarme al trato con las personas, a muchas de las cuales, sobreviví.
 
Ellas viven como cuadros-fantasías. Frente al desierto, amarillo y descascarado, en tardes insoportables (los oídos me zumban por el calor), puedo oler el estado de abandono, convencerme del peso en las formas y colores, como si el contorno del desierto, al desbordar su silencio, aplastara sueños y encendiera pesadillas.
 
Preciso atentar contra el propio tiempo. Simular asesinatos y suicidios. Intentar huellas sin nombre. Encontrar puntos de fuga. Vaciar el lugar basta perderlo. Adecuarme a la muerte imposible. Lustrar la decadencia. Incinerar los silencios.
 
Por momentos quiero ser piadoso. No lo consigo. Entonces miro al cielo, con cejas irreprochables, y pienso que allá arriba alguien podría comprenderme (aviones, estrellas, dioses). Mi obstinación es el movimiento, los colores, las formas, ciertos olores, despreocupado por el procedimiento de esos mismos sucesos: pasión por los olores agotados y perdidos, agudo sentido musical (toda cura es una solución rítmica) y celebración ante los acontecimientos recordados.
 
No dejo de ser un hombre inestable: la pérdida, el desencanto, la impotencia, la separación , la debilidad, el miedo. Es parte de la fascinación, y me entrego, fiel, con naturalidad. No formo pareja, aún cuando encuentro personas en contraste. Rupturas devastadoras, relámpagos de verano.
 
Adoro el desierto por la carencia de personajes: ausencia de teatralidad. Inmoral, ambiguo, terco, probablemente un remedio, se abre de este a oeste, en una distancia que desacomoda, porque la mirada no puede ajustar. Panorama inmenso, amplio como planeta deshabitado. Lugar maldito, semejante a la vejez: corrompe lentamente.
 
El desierto, y esos sitios donde acaba de terminar una guerra: obliga a reconstruir fragmentos y, al mismo tiempo, a continuar demoliendo pedazos de un pasado recurrente. Por la noche, un lugar frío. Las heladas se reúnen implacables. De día lento, todo más lento. El sol arma sombras. Y allí, en esas sombras, blanco-negro, recuerdo las películas de Buster Keaton. Coinciden en la cuestión trágica, el humor salido de una curiosa inocencia.
 
El paisaje es el andamiaje clave para filmar una comedia de adolescentes (apuros, robo de coches, materias reprobadas, rouge en cerveza, y esas cosas), mejor que si se tratara de un colegio de minusválidos. Todas las respuestas del desierto, se parecen a las de los noticieros de televisión: directas, mínimas, rotundas.
 
Vivo tardes completas. Siento fuerzas poderosas que me triangulan en un único y exclusivo punto. Rodeado, como cualquier curioso espectador, apenas puedo protagonizar la pasividad de escena, apenas. Alex en "Mala Sangre" (mi propio rehén), Travis en "Paris-Texas" (errante), el pianista de "Bagdad-Café" (brillante), el enfermero de "Lo que vendrá", (enigmático), Chance en "Desde el jardín" (fatalista), James Cagney en "Oklahoma Kid" (tenaz), Henri Chinaski en "Barfly" (sinvergüenza). Como cada uno de ellos, conforme suceden los días.
 
Cuando lo olvido, todos se mezclan dentro de mí. Aplasto pretensiones íntimas: marcharme y no regresar. Perder los rastros del camino de vuelta. Masticar las últimas y urgentes emociones en los dientes, ya opacos, podridos por el polvo, la sed y el viento seco.
 
Estoy mirando cómo las cosa insisten en aferrarse a sus lugares, y los días se reiteran estáticos. Las noches violáceas, púrpuras, los vientos formando dunas, en el límite del horizonte, yo, armando aviones de papel, maquinas tristes planeando como vacas voladoras. Es posible que permanezca aquí por unos meses más, observando, probando los ojos, recogiendo la noche cada madrugada, alimentando sueños, fisurando restos de vida.

(De: Arte joven.)

 
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