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Jorge Luis Peralta [ poesía ]
 
Fuegos chicos
 
I
 
Ha venido el viento a darte en la boca besos vacíos; supo tu alma que toda la noche no era más que un espacio para llamar inútilmente, como el amante ante las ásperas puertas de la doncella.
Un silencio te volverá pez en la inmensidad herida de tu nombre, tu nombre sin hombre. Pez que nade en el aire sin invocar al agua, herida que cubra todo el universo de objetos que se quiebran al amar.
¿Qué lenguaje entre tantos muertos? ¿Qué plegarias si los oídos están llenos de tinieblas? Bocas tumbas. Manos muros.
Dónde era el Jardín, el Jardín donde yo te amaba.
(No importa el rostro. Alcanza un sitio blanco.)
Píntame de rojo morir en el cuerpo de las palabras. Mi cuerpo, a esta hora, amenaza deshacerse de mí, como si sólo me perteneciera cuando lo ahogo de alguien.
Todo lo dicho y oído se pierde en la voz ofrendada porque ella sólo quiere ofrecerse a sí misma.
(Y eso que hurgaste mendiga en los desiertos y las ciudades, a puro desolado te olían la ropa y la piel.)
¿Cómo era tu mirada al despeñarse en ese esquina de la sombra en que todo brillo se derrite pese a Dios?
Surge, marea muda, una angustia llena de árboles en tu corazón mínimo. Momento en que los ángeles se inclinan a perder su transparencia.
Ya no preguntes.
  
II
 
Adquirir, en la sombra,
Una repentina consciencia de lo sintáctico
Y temer lo peor:
Ser el sujeto tácito de uno mismo.
 
III
 
La mano traza en el viento
Un animal imaginario y solo.
 
En ese revés has crecido,
En esos ojos toda la muerte del Amor.
 
Ir al vértigo, o evaporarse como ángel,
En la búsqueda.
 
Objetos: trámites entre sombras
Que sólo se darán sombras.
 
IV
 
Iniciado en el vértigo
Del más triste de los fuegos.
 
V
 
La casa, la desamparada libertad
De los objetos.
 
Para qué.
 
Espero.
 
VI
 
Alumbrar en pueblo de
Ausencias, la insolencia de
Algo vivo, no digo humano,
Sólo caluroso.
 
VII
 
Quise decir antes de todo, cuando
Nada más existía en la memoria
De la lluvia. La lluvia lo borrará,
De todos modos. No habrá de aquello
Más que una mancha en algún muro
Y aún menos, pues lo muros se derrumban.
Quiero irme mucho, como un extranjero,
Como un invitado, como un solo.
 
VIII
 
Amor por qué las rodillas, los hermosos
Alimentos. Hay que ser perro y sombra
Y ademán y martirio.
Lo demás es añadidura.
 
IX
 
Indigente ante la página en blanco.
Mi carne cede al poder de las palabras
Y se destruye.
 
X
 
El que tiene un jardín, que lo cuide.
 
XI
 
En su fraguada desnudez. No hables otro idioma que aquel que no dice, puesto que las palabras han destruido al mundo. Yo era un niño, esa vez.
 
Se hizo de noche sin besar. La única protección contra las sombras eran sombras.
 
Hubo. La pesada gravedad del silencio. Dispones la mesa para el que no viene. Eso es: esperar con prolijidad el descenso, porque abajo sí que se duerme. Sí que se duerme.
 
Haz de mi cuerpo el Libro Ausente. Hasta que tus ojos se arrodillen en mi voz lo desierto es lo único, tenebroso y mudo el infiel a mis palabras huye, no es negro lo que se siente, es ahogarse en el servicio a lo imposible, él (cualquier pretérito) sin forma alguna en teléfono o puerta o acceso que se sueñe: la más de las distancias no está entre la mano y lo que esta codicia sino en la mano misma: el espacio inhabitable.
 
Nunca yacer en tu rechazo sino como flor que impúdica agoniza.
 
La creación del objeto determina su muerte: hacia eso vamos, hacia eso la noche bloqueada con el llanto. El pudor de darse al fuego.
 
XII
 
Si en lugar de mi mano un espejo.
Si en lugar de mi boca un arpa.
Mi cuerpo tapizado de flores
Como un prado que se suicida
A espaldas de su sol.
Contradicción y dicción.
He amado es pude haber amado
O deseé quemarme.
Ahora no creo en el fuego
Ni el agua,
Sino en un estado intermedio
Donde se espera por oficio.
Quería ser arcoiris:
Por eso que lloro con tantos colores.
 
XIII
 
Mis heridas mínimas se quejaron del brillo de
Las grandes.
-Hijas mías, les dije, el dolor sabe vivir en cualquier
parte. Soy yo el que no sabe vivir en el dolor.
 
XIV
 
Si algo,
Si algo puro,
Si algo puro durara y te cubriera
De la corrupción de las palabras,
Del olor inaceptable del olvido.
 
XVI
 
Había visto al amor en su más extremo No pero nunca había sido más huérfano que cuando Tu Ausencia fue dejándome.
 
Empecé a crecer en los bordes de tu Huida y supe que amar es siempre es estirar los brazos hacia la plenitud de lo Perdido.
 
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