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E. A. [ narrativa ]
 
La promesa
 
 
Realmente no entiendo eso de esconder las cosas, escondérselas a quién. No, la verdad, no, no puedo entenderlo del todo. No, la verdad, no, no puedo.

Entonces abro de una vez la bocaza esta que tengo y te digo así (así decís vos que yo te digo) como que nada me importa, te digo que la maté. Punto.

No sé bien si tenía derecho o no a hacerlo, ahora no lo sé. Ahora que vos te ponés a hablar de los tiempos, no sé.

En ningún momento se me pasa por la cabeza qué hubiera pasado si no la mataba; lo único que te digo es que ahora estoy mucho mejor. Era sentirme lleno de humo, y no poder exhalar. Era mirarme al espejo e intentar obviarme, calmar los latidos de mis ojos.

No sé si la maté por mí, o por ella. Te digo que bastante aburrida se la veía, más que aburrida se la veía desesperada, desesperando en homicidio, desesperándome en su aburrimiento. Nunca le hablé, la conocía demasiado como para hablarle. Ella era las palabras que tenía que decir, ella era o que tenía que hacer, la deuda. No sé si la maté por mí.

Ella temía caer en le olvido y eso yo lo sabía, y me moría de ganas de matarla, pero veía lo que era, lo que significaba, y ella era mucho, era demasiado para mí, matarla era demasiado. Porque matarla ni era pegarle un tiro como en las películas, y después reírse y esperar que vengan los títulos. No. Matarla a ella era matarme en parte, y volver a vivir. Por eso pienso que algún recodo de mi cerebro debe haber un funeral con sabor a alivio. Debo estar invitado, pienso. Me aparezco de pronto en medio de mis ideas y recuerdos, pisando neuronas, resbalándome entre los pliegues de mis sesos, bailando hasta que nunca amanezca, gritando y descorchando aventuras pasadas, enrollándome entre los conductos nerviosos, saltando hasta hacerme de un golpe dos chichones, gritando hasta reventarme los sesos.

Reventarlos por no dejarme en paz durante tanto tiempo, qué les costaba dejar de tocar el timbre. Seguro que ella les llamaba siempre, y les decía miren que hoy todavía ni se apareció, y ya hace meses que estoy aquí, y esto no puede ser, para algo aparecí aquí, vayan y despierten a ese, seguro que con su voz que nunca conocí les hablaba, por suerte, debió haber sido una voz insoportable, ella era así. Qué eso de aparecerse por pedido de uno y encima tener pretensiones. Y encima tener el suficiente peso como para tirarme de un golpe al piso y hacerme pegar contra la manija del horno. Todo lo que me hizo. Las veces que arrastrándome imploraba, y vos te reías, yo no te escuchaba pero vos te reías, seguro que andabas a las carcajadas, en silencio, entre bambalinas, claro todavía no era tu momento. Se las ingenian para aparecer ustedes: primero una, después la otra, esperando el pie. Y yo con las rodillas rojas, sin piel, intentando pararme, y de los pelos agarrándome ella y tirando para arriba, para afuera, tirando, y mis rodillas, todavía ahí abajo, húmedas, ardiendo con la sal de mi sudor, invadiendo llagas. Eso debería justificar el asesinato, pero si te ponés a pensar vos, sádica inoportuna, te das cuenta que no es así. La maté porque la quería. Porque sigo siendo el mismo estúpido de siempre, porque ella me pegaba y yo le contesto matándola con todo mi amor, porque fue más por ella que por mí. Por mí no sé qué hubiera hecho.

El olvido se merecía, eso y nada más. Encerrarla sin visitas, sin oídos ajenos, asfixiarla en vida. Pero no sé si era tan fácil olvidarla, yo la quería, y así le demostré que la quería. Cumplí con lo pactado, cumplí con la promesa intrínseca de la promesa, cumplí primero con ella y después conmigo y los demás. Yo la maté, a pesar de todo la maté. Sin pensarlo, sin vergüenza dejé que se fuera.

(En: Molinos de viento, n° 1.)

 
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