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Pablo Colombi [ narrativa ]
 
El cuento del cuento
 
----Con el amanecer, el bosque bostezó un aliento pantanoso y blanco sobre la tierra. En lo alto, la noche escapaba por el lado opuesto del cielo. Perdido el terror a la oscuridad, el cazador extraviado quiso volver a su cueva, donde habitaban en manada. Empezó a caminar haciéndose espacio entre las hojas con las manos. Se detuvo. Apoyó un puño sobre la tierra, como lo hacía siempre que su cuerpo extrañaba las cuatro patas de los abuelos. Seguía dolorido. Se acarició las costillas molidas por la cornamenta del ciervo. La tarde anterior, los machos de la manada, reventando sus leños contra la tierra, habían acorralado a un ciervo que, asustado, atropelló contra el cerco de cazadores. El ciervo lo levantó por el aire del atardecer. Él intentó sujetarse a los cuernos afelpados; se miraron a los ojos, sus ojos y los del ciervo, su respiración y el hálito vegetal del hocico que lo arrojó lejos, aplastándose la espalda, mientras el griterío de los cazadores se perdía en el bosque detrás del alimento. Lo abandonaron creyéndolo muerto.
----El cazador extraviado siguió caminando.
----Al calor del mediodía, las copas de los árboles fueron una batahola de plumas y graznidos invisibles en la ceguera que provocaba el sol. Defecaban piedras que caían pelando las ramas. El cazador herido untó el excremento tibio sobre su hematoma, que le crecía debajo de la pelambre rala de simio lampiño.
----Hacia la tarde, el cazador tocó aliviado las rocas de la ladera que subía hasta la cueva familiar. El perfume de la fogata lo orientaba. Pisó las cenizas de la entrada y su hembra, reconociéndolo, se le abrazó al cuello pasándole los dedos amorosamente torpes sobre las mejillas y la barba.
----Sentados alrededor del fuego, el cazador herido sintió que todos los ojos de su manada lo obligaban a contar cómo era el bosque durante la noche, qué cosas se veían allá abajo, qué seres se lamentaban en la negrura interrumpiendo el sueño de la caverna con quejas lejanas, porque hasta entonces nadie había errado por la tierra bajo la luz insignificante de la luna. El cazador miró las caras en suspenso. Tragó lo que masticaba. Unicamente se oía el respirar de la fogata. Las llamas parpadeaban en el ojo fijo del ciervo desmembrado. La ronda curiosa esperaba. Lentamente. el cazador comenzó a contar ayudándose con las manos.
----La noche no era sólo un abrigo de terrores. Había un gremio de músicos amenos cuyas pupilas, envidiosas del metal de la luna, hacían luz propia. El viento de la noche -cantó el aedo en el banquete- revolvía aromas que traían de la mano nostalgias, viejas e intensas nostalgias, como aquellas que entonaron voces de sirenas para enloquecer los oídos de un capitán atado hasta sangrar contra el mástil de su barco. Sus órdenes roncas eran sordas para los marineros con las orejas embarradas de cera.
----El juglar -los dedos cargados de anillos pellizcando las cuerdas de un laúd- contó que, de noche, Nuestro Señor había burlado su sepulcro palestino, ahora en reino herético. La corte en pleno, al oír la noticia, saltó de sus escaños, furiosa, enseñando la cruz lombarda sobre el pecho; sus espadas tajeando el aire, y ellos jurando descabezar a los moros ensabanados.
----Hacía noche y primavera juntas cuando la más joven de las Capuleto -cuentan versos británicos- rogó, a otro adolescente, no comparara su amor con la luna, porque el suyo no tenía nada de lo que el astro nocturno muestra de cambiante.
----Y también era noche, aunque invierno, cuando un marqués feo, católico y sentimental -escribió don Ramón-, llamado de Bradomín, cabalgaba sin un brazo a combatir contra su vejez.
----La pantalla de un cine mudo se cubrió con letras blancas que decían: "Aprovechando la oscuridad de la noche, el ladrón entra por la ventana de la casa". De inmediato, la platea ve a un hombre, más bien a un gigantón de ojeras negras y pelo rapado, cuyos pasos suenan con las teclas de un pianito fatalista, hasta que se le interponen las cachetadas generosas de un judío pálido y enclenque, con bigotes hitlerianos, sombrero inglés y un apetito de inmigrante.
----Afuera llueve. Los taxis hacen fila frente al vestíbulo del cine. La marquesina es un Ben Hur de neón. Una pareja sale y cruza la calle corriendo hasta sentarse en un bar. El televisor entretiene a un mozo soñoliento. La chimenea crepita dentro del bar. Ella se enrosca al brazo de su hombre. Las sombras caminan sobre la pared. Y mientras la hembra se inclina sobre el hombro del cazador herido, la manada intenta dormir en el fondo de la cueva, aunque una historia todavía les baile en la cabeza.
 
(De: Los labios de mi africana.)
 
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